Cuando hablamos del Sol solemos referirnos a sus excelentes cualidades como benefactor de toda la vida en nuestro planeta. Nuestra estrella es el motor último en asuntos energéticos de cuanto conocemos, absolutamente todo ha venido de ella y de su nuclear capacidad de fusionar Hidrógeno en Helio. Sin embargo, estas mismas monumentales explosiones atómicas que tanto hacen a diario por nuestro moreno veraniego también son causantes de algunos de los daños más importantes que sufre nuestra pequeña canica azul. Hablo, por supuesto, de los daños debidos al viento solar.
Cuando dos átomos de Hidrógeno se unen en eterno matrimonio en el interior de nuestra querida estrella, el resultado no es sólo un pizpireto átomo de Helio, si no que se producen oleadas de energía en forma de neutrones despedidos a altas velocidades hacia las capas altas del astro. En su camino hacia la negrura del espacio, estos neutrones se encuentran con otros átomos, colisionando contra ellos y liberando sus electrones o, incluso, rompiendo sus núcleos. El resultado de todo este aventurero viaje es un plasma altamente energético compuesto de electrones, protones, neutrones y un gran número de fotones de alta energía; cuyo efecto sobre toda criatura viviente sería devastador y mortal.
Sin embargo, cuando nuestras mozas y chulos de playa preferidos se ponen a torrar sus cuerpos en la playa de turno, el único efecto que sobre ellos causa el Sol es un sencillo teñido, nada de dolorosas muertes cancerígenas ni combustiones espontáneas y espectaculares. ¿Qué es pues lo que nos protege de estos peligrosos efectos? ¿Acaso el viento solar evita a los chulos de playa tanto como las chicas de buena conducta?
La respuesta no es esa, si no que nuestro planeta (y prácticamente todos los de nuestro sistema solar) posee un estupendo escudo contra la radiación que nuestra estrella nos envía: su campo magnético.
La composición de la Tierra es muy variada, desde las rocosas capas externas, pasando por los semifluidos mantos y llegando al líquido núcleo, el cual está compuesto en su mayoría de hierro fundido, cuyos movimientos provocan una agitación de los electrones del metal lo suficientemente intensa como para generar un campo magnético que se extiende varios miles de kilómetros sobre la superficie del planeta; componiendo dos cinturones en forma cercana a un ocho, descubiertos en los años 50 por una de las primeras sondas que orbitaron nuestro planeta y conocidos como Cinturones de Van Allen.
Pero claro… de los cinturones de Van Allen ya se ha hablado largo y tendido en muchos sitios, de manera que sólo explicaré su función de una manera sencilla. Concretamente, los cinturones son capaces de retener en su interior las dañinas partículas cargadas que el Sol envía contra nosotros en forma de viento, permitiendo que la vida prospere en la superficie de la Tierra.
El quid de la cuestión es ¿cómo es capaz el campo magnético de la Tierra de atrapar estas partículas? ¿qué misteriosa ley física se lo permite? Pues bien, el efecto culpable de nuestra supervivencia es lo que se conoce como “Botella Magnética”.
Pongámonos en situación, supongamos una partícula viajando en el espacio con velocidad V=(vx,vy,vz) y un campo magnético uniforme B=(0,0,b).
Cuando una partícula con carga eléctrica se encuentra en una zona del espacio donde esté presente un campo magnético, aparecerá sobre ella una interacción conocida como Fuerza de Lorentz y cuyo efecto es dotar a la partícula de velocidad en una dirección perpendicular tanto a la velocidad inicial de la partícula como al campo magnético (que es un ente vectorial y, por tanto, tiene una dirección de aplicación).
Efectivamente, aparece la Fuerza de Lorentz sobre la partícula, la cual tiene la forma
En este caso, con los vectores dados anteriormente, la fuerza tomará la forma:
Si os dais cuenta, esto presenta un comportamiento curioso, porque si el efecto de aplicar la fuerza es “girar” la velocidad y a su vez la fuerza depende de la dirección de esta, lo que obtendremos finalmente es un rizo, es decir, la fuerza comenzará a girar la velocidad de manera continua, obligando a la partícula a describir una circunferencia perpendicular a las lineas de campo magnético.
Como, además, la fuerza de interacción magnética no tiene efecto sobre componentes de la velocidad paralelas a las susodichas lineas, el efecto resultante es que la partícula describirá una espiral en torno a estas, quedando semiconfinada en esa región del espacio.
La dinámica de la partícula es fácil de ver si resolvemos las ecuaciones del movimiento. Teniendo en cuenta la segunda Ley de Newton, podemos escribir la fuerza anterior como:
De manera que obtenemos las tres ecuaciones del movimiento sin más que igualar ambas expresiones de forma vectorial:
La última ecuación nos indica directamente que la velocidad en el eje paralelo al campo es constante.
Las otras dos ecuaciones se pueden reescribir y resolver adecuadamente sin más que realizar una nueva derivada temporal en cada una. Para una partícula que en el instante inicial se encontrase en la posición (0,0,0) y cuya velocidad inicial V formase un ángulo θ con el eje x, el movimiento es de la forma:
Que no son más que las expresiones polares de una circunferencia de radio el módulo de la velocidad. Por tanto, la trayectoria completa será una espiral en torno al eje z, es decir, en torno a una de las lineas de campo magnético.
De esta manera, cuando una de las partículas de viento solar se encuentra con los cinturones de Van Allen, inmediatamente se ve obligada a dar vueltas alrededor de las lineas de campo, evitándose así que llegue a la superficie y dañe la frágil vida de este pálido punto azul.
Como veis, el mecanismo de defensa de nuestro planeta antes estas severas amenazas es sencillo, pero efectivo; demostrando que, en ciencia, no hace falta irse a los campos de fuerza psíquica o demás maguferías para generar efectos impresionantemente desproporcionados, como es en este caso es el detener el viento solar provocado por la fusión nuclear de toda una señora estrella.
Pero el efecto de botella magnética no es sólo un proceso natural. Como todo en física, los humanos hemos aprendido a adaptar las situaciones a nuestros objetivos y este fenómeno se utiliza a menudo en varios campos de investigación. Tenemos, por ejemplo, en física de partículas, las archiconocidas Trampas de Penning, encargadas de confinar los preciados picogramos de antimateria que se producen todos los años en el CERN. También las naves de larga travesía y algunos satélites llevan generadores de campo magnético con el objetivo de protegerse de la dañina radiación.
Sin embargo, aún no hemos llegado a desarrollar nada tan impresionante como lo que la propia Tierra produce. Sencillamente…a veces la naturaleza es mucho más espectacular de lo que jamás podríamos relatar.









#1 por Stonet el 6 julio, 2010 - 09:51
La semana pasada en el documental del Canal Odisea “Rumbo a Marte” hablaban de colocar esa especie de escudo magnético al frente de las naves para proteger a los astronautas.
#2 por DarkSapiens el 16 julio, 2010 - 21:29
¿Algún enlace a ejemplos de satélites que lleven un escudo magnético? Creo que es la primera vez que lo veo…